Claudia Solís-Ogarrio
¿Es que acaso requerimos la experiencia del desequilibrio y la vulnerabilidad para ser poeta? Vanessa Fens, lo cree así en El Paraíso de las Luciérnagas, su ópera prima con la que inicia de manera formal su andar en los senderos del quehacer poético. Divide al poemario en 3 sugestivos apartados: “El reyno luminoso de dos cuerpos”; “Los lagos del placer ensordecido” y “Triturando el aire en luces lácteas.”
La muerte es más larga que el tiempo, afirma la escritora en el poema “Híbridos desvelos”. Para ella la experiencia final, nuestra trascendencia a otro plano, es una condición eterna, más allá de la noción humana del infinito y del universo. Si acaso es un pasaje, un pasadizo, que se ensancha y borra sus límites, donde hay ruidos astrales, corredores amatista y jaulas de ámbar, que custodian y acompañan el tránsito último de la vida.
Poco queda de nosotros, porque no escuchamos más el aire,
(…) el rumor de la sangre cuando se agita.
Fens, para dar cuerpo y realidad a sus espacios poéticos, ofrece al lector singulares ambientes míticos, poblados de seres extraños y mágicos, al estilo de los personajes que pintan Remedios Varo y Leonora Carrington: hay duendes risueños, un murciélago azul, ninfas rojas, rosales de hierro, serpientes hiper lumínicas, mariposas de alas negras, océanos de espinas que habitan entornos de arrecifes de obsidiana y vampiras con baby doll. Es un mundo alucinante y desbordado donde la poeta encuentra su voz y teje su discurso vital: la narrativa íntima y celada de sus miedos, inquietudes, deseos, tristezas, decepciones, esperanzas, soledades y misterios. ¿Y por qué no? también sus dolorosas y profundas heridas atravesadas por la sombra y la luz.
En la calle fría que rasga las entrañas, como menciona en “Umbral crisálido”, la poeta encuentra sus abismos personales en uno de los muchos rostros del agua. Decía Dolores Castro, de manera coloquial, que la poesía es un reflejo del bicho que somos, o para parafrasear a María Zambrano, la poeta malagueña quien, de una manera más seria, pero no menos verdadera, apuntaba: “la poesía saca a la luz lo que ocultamos”.
El universo poético de Fens es delirante. ¿Qué que yace bajo su lírica? Qué nombra y qué nó con su poderosa imaginación lúdica de niñez fermentándose con los años, como los buenos vinos bajo los conjuros de las estrellas.
La escritora originaria del pródigo estado de Veracruz, de Otatitlán, en las riberas del vasto y caudaloso Papaloapan, con su Cristo Negro, está rodeada desde la cuna por la feracidad de la flora y fauna del lugar que van a constituir también los elementos fundacionales del imaginario que crea y traslada años más tarde, al Viejo Mundo, donde ella reside entre Londres y Milán.
Fens pone al Atlántico de por medio que le permite respirar aires de libertad, pero condicionados a una identidad disgregada y desmembrada. Cito
en la intensa flama de las furiosas olas (…) no sabe quién es, /eso abruma su yo indomable.
Siempre en movimiento, a Vanessa Fens la esculpe el pasado, pero se reconoce en el presente, como las arenillas mismas del reloj de arena que simbolizan el hoy, el ahora, ese momento inmediato, vibrante, perecedero e intangible que similar al mercurio, se nos resbala con sus formas caprichosas entre uno y otro dedo de manera muy veloz. En esos momentos intangibles, ella triunfa sobre el pretérito.
La escritora en su poema “Identidad asimétrica” alude al respecto y manifiesta:
(…) encerrada dentro del glamour del inframundo/ con sofisticados atuendos en guipur(..) y tacones fashion,
Vanessa estudia danza y derecho, se convierte en bailarina y abogada. Sus poemas nos entregan también la atmósfera de las coreografías y los vestuarios diáfanos e iridiscentes que pueblan sus ejercicios imaginativos. Atuendos de hadas y elfos, indumentarias propias de una danza surrealista y fantasmagórica en bosques y ciudades iluminados por la luna, donde existen pasiones y venganzas. Se antoja todo ello un guiño al libreto del ballet Giselle, escrito por Teófilo Gauthier, el gran poeta del simbolismo francés.
El paraíso de las luciérnagas es un acertijo, un laberinto de inspiración gótico-surrealista contemporáneo, que goza de un formato particular, pues la estructura de sus estrofas y versos, en muchos de sus textos, pueden extraerse de manera independiente, sin que el poema altere su significado y sentido.
La poesía de Vanessa Fens, poblada de ílicitos manjares hundidos en saliva” como menciona en “Huellas ductiles”, donde más adelante añade: corsés de encajes rojos (…) con velos de lumbre (…) en noches extraordinarias, como menciona en “Irreversible Latitud”
— enamoran y destruyen.
Decía Elena Garro: “Lo que no es vivencia, es academia”. Es pues que la poeta, en lo efímero del presente, en las arenillas que guardan tiempos múltiples y caen por el pequeño orificio por donde transita el tiempo real, fidedigno y memorioso, acumulándose al fondo del reloj; también marchan de manera paralela aquellos linderos de ver y no ver, ahí es en donde la autora extiende el tejido de su discurso existencial: su dibujo en una hoja transparente, su cascada sonora, su resurrección: aquel porfavor comuníquense conmigo, sin tener respuesta.
La poesía de Vanessa Fens campea entre la oscuridad impenetrable y la luz cegadora. El paraíso de las luciérnagas es un canto alucinante de la victoria del amor sobre la muerte.